A mi Macho se le ha muerto su madre y se le ha roto el alma en infinitos pedazos. Conforme se le van cayendo los trocitos yo los voy recogiendo y los tengo guardados como oro en paño para cuando los quiera pegar. A él se le van cayendo sin que a penas se de cuenta. Y si lo nota, les da una suave patadita y los aparta para no pisarlos. Pero yo los busco y los recojo.

En varias ocasiones he intentado por mi cuenta repararle el alma, pero cada uno sabe como es su alma y nadie nos la puede reparar. Así que sigo guardándola para cuando él la pueda pegar. De momento no tiene fuerzas ni ganas de mirarla para ver por donde puede empezar. Pero yo la tengo bien guardada para cuando la pida podérsela dar.
No hay palabra de aliento que le sirva, no hay regazo donde él pueda descansar su pena. Eso lo sé bien. Así que yo solo puedo recoger y esperar a que tenga un momento de serenidad y le pueda mostrar todos los trozos que tengo. Sólo él sabe cómo encajarán... yo miro su alma, rota en millones de trozos y recuerdo cómo me costó recomponer la mía... y se resienten mis grietas y se me parte el corazón de verle.
Una vez que se te rompe así el alma, no vuelve a ajustarse bien. No hay pegamento ni silicona que aguante un alma rota. Se queda débil y por las grietas se cuela la melancolía, la soledad, el desamparo, el frío, la ausencia, el viento, la tristeza, la añoranza, la niebla, el olvido...
A veces se encuentra algún trozo de su alma que se le ha caido y le cambia la cara y yo lo percibo. Mi Macho no quiere enseñarme su hueco en el alma, pero yo sé lo grande y oscuro que es el agujero que se le ha quedado y me quedo muda, porque no puedo hacer nada para llenarlo. Ni yo, ni nadie podemos hacer nada. El único que ayudará es el tiempo. Ayuda a alejarte de tu pena, a ir arrinconándola cada vez más, a ganarle el terreno para que no te invada tanto. Pero la pena va y viene y se mueve a su aire y por muy a raya que la tengas, ella siempre se revela.
Macho, yo tengo los trozos de tu alma, para cuando la quieras pegar.

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